Hace hoy nueve años, que en España, se vivió la mayor de las desastres humanas, después de una guerra civil.
Hace hoy nueve años, en la que los ciudadanos, despertamos con un nudo en nuestras gargantas y un sentimiento, en un principio de perplejidad y de duda, después estupor y extrañeza y al final rabia y asco.
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| Uno de los trenes de la muerte. |
Digo los que nos despertamos más tarde, porque los ciudadanos que acudían a sus centros de trabajo, a sus escuelas o simplemente se desplazaban por diferentes motivos, como todos los días, a la misma hora, en unos trenes en los que a diario, veían las mismas caras, las mismas gentes, los mismos bostezos, los mismos empujones y la misma vida cotidiana.
Unas vidas cotidianas, que en décimas de segundo, fueron quebradas y destrozadas por unas mentes enfermizas y criminales, matando a 198 personas, ciudadanos comunes y corrientes, e hiriendo a más de 1.900, que poco o nada tenían que ver con problemáticas sociales o políticas, o decisiones de acudir a una guerra absurda y criminal, por el mero instinto de protagonismo egocéntrico y fanfarrón de poder y dinero y en el que seguro, ellos mismos, tiempos atrás, dijeron públicamente que estaban completamente en contra.
Cientos de familias destrozadas de por vida, para siempre, arrancándoles salvaje y cobardemente, lo que más querían, hijos, hermanos, padres y madres, novios, esposos y esposas, amigos, compañeros, que solo eran culpables de madrugar y coger un tren, para desplazarse a sus lugares de destino.
Hoy hace nueve años, en los que a todos los españoles, nos robaron un trozo de nuestro corazón y nuestra humanidad e hicieron saltar nuestras lagrimas, de odio y miedo, por todas y cada una de las víctimas inocentes y anónimas, que no por ser desconocidas, nos provocaron el mismo dolor que si hubiesen sido de nuestras mismas carnes.
Estas víctimas, los muertos, los heridos, los familiares y allegados de todos ellos y el resto de la ciudadanía por mera empatía, merecen ser recordados día tras día, llorados y en su caso rezados todos los días del año y llegada la fecha aniversario de tal magnicidio cobarde y cruel, ser homenajeadas como merecen.
Pero no obviemos una cosa, por favor.
No debemos olvidar a todos nuestros semejantes que sufrieron en sus carnes tal asesinato, si no que jamás debemos olvidar y mucho menos perdonar, a los culpables de dicho acto.
Y naturalmente, no me estoy refiriendo solamente a los verdugos, que también perdieron sus vidas dicho día, si no a los ideólogos de tal actitud y, en mi caso particular, a los mandatarios españoles que, en contra de toda razón, de toda prueba, de todo sentido y sobre todo, en contra de la totalidad de la ciudadanía española, nos metieron de lleno en una guerra, en la que nada nos venía y que a la postre, el único resultado que sacamos fueron, nosotros victimas y dolor y un señor con bigote, una palmada en la espalda.
Hoy es un día triste, muy triste, pues ya nada podemos hacer para evitar tanto dolor.
Solo queda el recuerdo, los homenajes y el apoyo a los sobrevivientes y a las familias, que tendrán que vivir, hasta su último día, con el recuerdo del terror, el miedo, el odio y las pesadillas diarias.
Pero hay una frase, que me gustaría recalcar y que me encantaría que perdurara, para la historia:
“El pueblo, ni olvida, ni perdona”.

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