Por fin terminan las puñeteras navidades.
Unas de las fiestas con menos alegrías y sentimientos
reales, de todas las que puedan existir.
Solo sirven para gastar
lo que no tenemos, aparentar lo que
no somos, decir lo que no pensamos, aguantar a quien no deseamos, comer y beber lo que no necesitamos y acordarnos
más que nunca y de una forma cruel y desdichada, de aquellos que nos faltan
y que tanto añoramos.
(Como si el resto del año, no nos acordáramos de todos ellos.
E incluso más).
Vamos, concretando, unas fiestas maravillosas por donde se miren.
Mientras no terminemos de concienciarnos de que estos días
no son para uso y disfrute de los adultos y que son en exclusiva, para los más
pequeños, para que satisfagan su curiosidad y su magia interior, no dejaremos
de ser coherentes con la realidad.
Me hago una pregunta muy sencilla: Cuantos de los que han, “hemos”,
celebrado estos días de dispendios y abusos exagerados, nos lo podemos permitir
y realmente lo deseábamos?
En realidad necesitamos tanto lujo y capricho alimenticio y
tanto exceso de alcohol, por el hecho de que sean las costumbres?
Porque además de gastar lo que no tenemos, ponemos en
peligro nuestra salud, unos más que otros, con esas comilonas y empachos y esas
borracheras tan absurdas?
Y en el apartado de los regalos, que?
No termino de entender, y lo digo muy seriamente, a que viene la puñetera costumbre de tener que hacer regalos a lo loco, mas aun comprobando los exagerados incrementos de precios que en estos días se hacen en todo tipo de artículos y que, por norma, mas o menos general, no gustan a casi ninguno.
Regalar por regalar, o por quedar bien?
Bien esta, si así se considera, que se regale a los niños, que al fin y al cabo, son los que realmente esperan ansiosa mente la venida de los magos, pero al resto de familia????
En mi familia, hace ya algunos años que dejamos esa estupidez de rompernos la cabeza, pensando en que regalar y como lo pagaríamos y comprar, exclusivamente, a los NIÑOS de la casa.
Y mirando con coherencia al fondo de la cuestión… si no
somos católicos, ni creyentes, ni practicantes, e incluso, como es mi caso,
renegamos por completo de la religión, (esta y todas), porque celebramos tales
fiestas?
Yo en mi defensa, debo de decir (y los que me conocen lo
pueden atestiguar), lo único que celebro realmente y a lo que si le encuentro más
o menos un significado, es al cambio de año.
Pero por lo meramente físico y racional y que se ajusta a la
pura realidad y a la vida misma. Siempre es bueno (o no) depende, que pasen los
años y podamos celebrarlo.
Hacernos más viejos, ver como nuestros hijos crecen, en
todos los sentidos, mientras nosotros menguamos, se nos cae el pelo y el poco
que nos queda, se va tiñendo por si solo de color blanco…
También es cierto, y doy gracias a quien corresponda por
ello, que cada año, las fiestas son menos opulentas y menos masificadas.
Cada año se ve, se palpa en el ambiente, se nota, que hay
menos alegría y ganas de celebraciones.
Que las personas, empezamos a tener o utilizar un poco el
sentido común.
De hecho, podemos comprobar que ya no hay tantas cenas ni
comidas de empresa. Y si las hay, son muchísimo menos numerosas que hace años.
Ya no se dan
calendarios de bolsillo, mechero o llavero en las cafeterías donde paramos
todos los días del año, o no paramos nunca, y solo acudíamos en estas fechas
para que nos diesen “nuestro regalito”.
Ya no hay tantas
cestas de navidad ni botellas de vino o cava de regalo del jefe.
Obviamente, estoy hablando en formas generalistas Quien se dé
por aludido, es mas problema suyo que mío.
Concretando, somos menos impulsivos y un poco más coherentes
con la realidad.
El ultimo día de fiesta, por fin, es el relacionado con los reyes magos de oriente, que por lo
visto y con el paso de los años, ya no solo, no eran reyes, sino que tampoco eran magos y mucho menos
orientales, pues según dice el comandante en jefe de la secta católica
apostólica y romana, los tipos estos, eran
andaluces.
Como tampoco es cierto por lo visto que el niño “naciera” en un pesebre, ni hubiese
mula ni buey, ni tan siquiera fuera un 25 de Noviembre cuando tal crío vino al
mundo.
Claro, que si lo vemos desde el punto de vista de los
católicos, que se creen a pies juntillas, que nació de una mujer virgen,(con lo que significa este
término) y que fue concebida por un espíritu, santo o no, y que de
mayor, hacia milagros como los
de devolver la vista a los ciegos y sacar de una sardina, millones de peces y
de un vaso de agua, cientos de litros de vino, para conmemorar una boda… pues
entonces, si que debemos celebrarlo.
Pero por otra parte, hay que oír, porque no merece la pena
muchas veces pararte a escuchar, a muchos de estos creyentes, defensores de la
navidad a ultranza, descalificar de forma más que menos insultante, al
simpático Papa Noel. O a nuestro Olenztero.
Pero, y los que no nos creemos nada absolutamente de este
cuento de ciencia ficción, ¿Qué es lo que celebramos entonces? Y lo que es aun más
triste, ¿Por qué lo hacemos?
El día ocho empezaremos de verdad el nuevo año, con la pura,
cruda y dura realidad diaria, con el paro, con los desahucios, con la crisis,
con los recortes…. Eso sí, todos con unos cuantos kilos de más en el cuerpo.
AMEN.
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